domingo, 16 de noviembre de 2014

Margarita

-¿Sabe por qué está acá?

-Si

-... ¿Por qué?

-Porque mi novio no me quiere.

-¿Cómo?

-Por eso estoy acá. Hice una consulta y me salió eso.

-Ajá, ¿una consulta?

-A un mazo de truco... Cartas, ¿vio? Si salía impar paraba. Impar me quiere par no me quiere.

-¿Como desojando una margarita?

-Si, pero no. Para mi el universo acomoda las cartas cuando uno las mezcla. Y después uno tiene que saber leerlas.

Y bueno, me salieron primero un cuatro y un dos. Después un 4 y un 6. Que justo 46 pesaba mi mamá cuando se casó, siempre lo dice. Después saqué un 10, y 6 x 10 es lo que pesaba yo después de hacerme vegetariana, antes casi 90. Y eso ya dice algo ¿no? “No te quiere, y es seguro por gorda”. Encima, ¡no sabe como extraño el asado! Pero bueno bajé hasta 50. Cuando me conoció me dijo que tenia cinturita de bailarina, como me gustó eso. Después saque dos 10. O sea, ¡tres 10 seguidos! Segundo mensaje: yo era una chica diez, muy aplicada en la escuela, y soy perfeccionista en todo lo que hago y bueno por ahí le parecía mucho para él y lo ponía inseguro. Vio que a veces los hombres son inseguros aunque no se note.

-Mm si, tanto varones como mujeres a veces usamos máscaras, sólo para ocult...

-¡claro! Bueno el no dice que no me quiere. Siguió después otro 4. Yo un diez y el un 4, ¿entiende ? Y ahí me llevé la sorpresa. Seis seis seis. No soy muy creyente pero ahí me asusté. ¿que tal si el era simplemente malo? ¿Si no podía querer a nadie? ¿pero por qué estaba conmigo? Tiré rápido otra carta y salió una reina (12) de oro.

Me esta usando por la guita.

-Un minuto, y mientras, ¿una con cada carta?

-Si. ¿Se da cuenta cuánto no me quiere? Si era una y una no pasaba nada. Estoy acá por que no me quiere nada. ¡todas pares!

-Perdón, ¿y cuantos pares pasaron? ¿Un mazo de truco usó?

-Si, de truco. No sé, deben haber sido todos, no ve que no me quiere nada. Pero me desmayé y perdí la cuenta.

-Bueno, mire, la policía nos entregó blisters vacíos de no menos de 40 pastillas que encontraron a su lado. Déjeme buscar el informe... Ah si, y luego del lavaje de estomago se estiman no menos de 30. Usted dice que tomaba una por cada carta par...

… Voy a recomendar que se quede unas semanas con nosotros. Le recuerdo que hay sólo 20 cartas pares en un mazo de truco. Así que algo no está bien, ¿no?

-¿Dice doctor que salió alguna impar?

-Yo incluso creo que alguna de las primeras.

-¡Entonces me quiere!

miércoles, 26 de febrero de 2014

La cara de la luna

   Sucede a menudo, que el descubrimiento que en nuestro consciente conecta una serie de conocimientos, no es el más relevante, y de hecho el dato más importante era sabido hace tiempo. Es como si cada pequeño pedazo de información fuera una pieza de dominó y la última ficha, azarosa en cuanto a su importancia frente al resto, cayera, empujando al resto y generando una reorganización brutal de como vemos el mundo.

   Como un relámpago, que no termina de entenderse hasta luego de un tiempo, cuando vibra el trueno.

   Para mi, fue una canción. Alegre, escurridiza. Y siempre que los músicos la tocaban mi mamá bailaba. Desde niño la escuchaba.

   Vivíamos en una casa con muchos cuartos y un salón muy grande delante, donde se daban reuniones y bailes casi todos los días. Mis tías no me dejaban ver ni participar y me mandaban a la cama temprano. Mi mamá me cantaba schlaflied antes de unirse a la fiesta. Pero yo a veces la engañaba haciéndome el dormido, me escapaba y espiaba por la ventana el baile al son de la canción.

   Una vez Hansen, el hombre de la casa, me vio y me pegó un revés que me dejó la cara marcada. Al otro día volvió a pegarme, esta vez más fuerte y delante de mi madre y las tías. Luego le pegó a ella varias veces, y explicó a todos que esto pasaba cuando alguien se portaba mal.

   No lo hice más, y con el tiempo él me fue tomando cariño. Me explicó que él pagaba la comida y la ropa, que tenía que mantener el orden. Me enseño trucos para distraer al verdulero y robar una manzana. Cómo pasar desapercibido a pesar de que ya estaba alto para mi edad. Cómo tenía que agarrar un cuchillo, para cuando fuera grande y tuviera el mío propio. Me enseñó el valor de la plata, y que por eso le pegaba a mi mamá cuando ella le pedía libros a sus novios de regalo para mí, en vez de efectivo o alhajas. O a las tías, cuando hacían “tonterías”.

   Tardé en conocer el nombre de la canción, que escuchaba desde mi cuarto. Me abstuve de acercarme por la noche al salón por mucho tiempo. Poco antes de ser adolescente me animé, más confiado en no hacerme notar.

   Una de esas noches, nublada y fresca, los músicos se excusaron y se estaban retirando temprano, para evitar el aguacero. Uno de ellos salió al patio, al parecer confundiendo la puerta de salida. Antes de que alguien más se diera cuenta, me acerque, y le pregunté, tarareando la melodía, el nombre de la canción.
 
   "La Concha de la Lora, por eso la tocamos cuando sale la gringa". Contestó riendo, esperando una complicidad que no llegó. “Creo que me equivoqué de puerta”. Y se fue.

   Volví a mi cuarto.

   Al rato se apagaron las luces, en vista de que no había más clientes. Llovía, como a Buenos Aires le gusta hacer llover. Cuando supe a Hansen dormido, me metí en su cuarto.  Sin hacer ruido, tal como me había enseñado.

   Se escuchaban solo las gotas en el techo, cada una como una ficha tumbando a la siguiente. Encontré el arma donde hacia unos meses lo había visto guardarla, luego de enseñarme a usarla. “La tengo para defender a tu mamá” me había dicho. Miré bien, estaba cargada.

   Me paré de frente a la cama y grité, con mi voz que luchaba por dejar de ser la de un niño:

   -¡Che!, ¡Cafiyo!

   Se incorporó exaltado. Una luz blanca entró por la ventana e iluminó todo. Me vio.

   -¡Hijo de puta!

   Tronó el cielo y tronó el revolver.

miércoles, 8 de enero de 2014

Micro relato II

   Me desperté, con las imágenes de un sueño frescas. Aunque la gente seguía bebiendo, en la fiesta se sucedían diversos homicidios. Algo así como un mutilado y un destripado. Muy violento como para describirlo. En un momento desaparecía una extranjera de pelo corto y en otro aparecía en una zanja (o similar, se torna difuso el recuerdo) a una cuadra de distancia por la calle de tierra. Me torné en inquisidor designado en la búsqueda del psicópata, y un fifí fanfarrón en mi sospechoso número uno.
    De pronto yo estaba con una soga al cuello sobre un pequeño banco en el patio y una voz tras la ventana reía. No había más gente en la casa. Una piola atada a mi débil piso me amenazaba. Mi cara debe haber cambiado al notarlo porque la risa se volvió carcajadas.
    Suena el timbre.
    Se oye una maldición y luego silencio total. Me libero. Comienza a entrar gente a la casa, con el fifí a la cabeza, todos sorprendidos. No vieron a nadie salir.
   Insisto en mis sospechas: él salió a la puerta para disimular y entró con el grupo. Esa es mi hipótesis. ¿Alguien lo vio asomarse por la calle? Nadie recuerda, pero todos lo defienden. No le pierdo el rastro mientras él insiste en continuar con la fiesta. Alguien encuentra unas tijeras de podar, afiladas a la rusa, que coinciden tal vez con las marcas de las mutilaciones. Quiero interrogar al sospechoso. La gente ríe. Muchos se van, alegan que es una pena pero es tarde. La impotencia me golpea, como ventana del dormitorio agitada por la corriente.
   Dicen que en los sueños uno es todos los personajes. Yo era el asesino.